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La traducción en la locomotora editorial. Diálogo con Pablo Ingberg | Red de Estudios Editoriales

La traducción en la locomotora editorial. Diálogo con Pablo Ingberg


Entrevista por Ana María Viñas y Mariel Pannunzio


Desde la Red de Estudios Editoriales reflexionamos sobre el rol profesional de la traducción en el campo editorial, su visibilidad y las posibilidades de acceso entre ambos sectores, para entrever cómo se construye el vínculo entre edición y traducción.

Con un pie en la escritura y otro en la traducción, Pablo Ingberg –quien ha traducido más de 90 libros del griego antiguo, latín, inglés, italiano, y ganó entre otros el Premio Konex-Diploma al Mérito en Traducción– nos habla de su experiencia editorial como traductor, como corrector y como director de colecciones, de las dificultades del oficio y el camino recorrido, del trato con editores y de algunos criterios de negociación para las publicaciones traducidas.

Agradecemos a Pablo su mediación en el diálogo entre ambos sectores.

 

¿Cuáles son, en base a su propia experiencia, las dificultades para ser traductor/a editorial?, ¿cómo se llega allí?

 

Primero, quisiera hacer la salvedad de que soy un escritor y traductor con muchos años de supervivencia en este ambiente, pero no soy un estudioso en el tema. La segunda aclaración es que la traducción literaria –y con esta me refiero a la traducción editorial, no solo la de literatura, aunque esa sea mi área– requiere tres habilidades: primero, estar en condiciones de leer bien el texto original y de investigar para complementar las dificultades que puedan surgir; segundo, manejar estrategias, mecanismos, recursos de traducción; y tercero, manejar la escritura en castellano para plasmar todo lo anterior en una traducción literariamente adecuada. Esta última parte es la más visible de todas, porque muy raramente alguien va a investigar a fondo si el traductor conocía bien el texto original y si lo tradujo bien, mientras que la inmensa mayoría de quienes lean la traducción, incluso de quienes la reseñen, va a juzgar el texto resultante, cómo le suena, con independencia de todo lo anterior. Esto es importante porque entre quienes se dedican a traducir están quienes vienen de la literatura y quienes vienen de los estudios de traducción. Quienes vienen del lado de la literatura podrían tener un contacto más fácil con el mundo editorial, mientras que al resto le podría resultar un poco más difícil porque entran a un ámbito que les resulta nuevo.

También hay desconfianza entre ambas partes, no siempre de manera explícita. La gente que viene del lado de la literatura cree que a quien no viene de allí le falta sutileza o ese sabor de la escritura literaria, mientras que quienes vienen de las carreras de traducción tienden a ver a aquella otra gente como usurpadora del espacio que supuestamente se estuvieron ganando ellos con sus estudios específicos. Hay veces que ambas cosas coinciden en una misma persona, pero son excepciones.

 

Y usted viene de ese lado literario…

 

Yo vengo del lado de la literatura, nunca hice una carrera de traducción. Empecé a escribir y después a traducir como una experiencia de escritura, lo hice durante muchos años hasta que empecé a publicar. En una determinada situación me ofrecieron hacer un libro y de ahí en adelante me conectaron con una editorial y así fui haciendo mi recorrido.

A partir del contacto con diversos espacios del mundo de la traducción, caí en la cuenta de la cantidad de traductorados que hay en el país, que además tienen formaciones múltiples; me refiero a que no tienen una formación exclusiva en traducción literaria, sino también en traducción técnica, interpretación, subtitulado, traducción pública.

Anualmente calculemos muy grosso modo que se deben recibir unas 500 personas al año con título de traducción. Según el último informe anual disponible de la CAL, el del 2017, ese año se publicaron en Argentina 1591 libros traducidos. Y digamos que para vivir, muy modestamente, de la traducción literaria una persona tendría que traducir unos seis libros al año. De modo que, si el total es de unos 1600 libros traducidos al año, podrían vivir de la traducción unos 270 traductores. Supongamos, siempre muy grosso modo, que si hay 500 personas graduadas en traducción cada año, debe de haber, contando todas las personas ya graduadas más todas las que ejercen la traducción provenientes otras formaciones y sin un título específico, no menos de 5000 postulantes posibles para 1600 libros que se traducen anualmente y para aspirar a traducir unos seis que le permitirían vivir de eso. Es decir, ni siquiera un libro por persona por año, muy lejos de eso. Esa es una realidad que debe ser contemplada al pensar la traducción editorial. La cantidad de traductores disponibles supera ampliamente la disponibilidad actual del mercado editorial de la traducción en Argentina. No es de extrañar, entonces, que haya muy pocas personas que consigan vivir de la traducción editorial, es muy difícil.

Pero, por otro lado, hay una cantidad enorme de personas que quiere acceder a este tipo de trabajos. Y habiendo tantos postulantes para tan poco trabajo disponible, es natural que cueste conseguir trabajo. No es, obviamente, lo que a mí me gustaría que sucediera, todo lo contrario; pero es una realidad muy concreta que hay que tener en cuenta en lo personal y en lo colectivo cuando se hacen estas consideraciones. La traducción editorial es la menos rentable de todas las posibilidades de la traducción. Gran parte de la gente del rubro, en especial la que egresa de traductorados, dedica su tiempo a otro tipo de traducciones más rentables, a la docencia o a la investigación.

 

Aun así, pareciera que muchos traductores encuentran una primera barrera en el acceso a los editores, los ven como un agente lejano. ¿Qué le diría a un/a editor/a? ¿Y a un/a traductor/a? ¿Cómo acercaría los lazos entre ambos actores?

 

El editor tendrá siempre más a mano a personas relacionadas con el ámbito literario. Quien venga del lado de la literatura tendrá en eso un poco más de ventaja. Yo suelo sugerir en mis talleres que la gente empiece a publicar sus traducciones, sea las que hacen por su lado por interés personal o en los talleres mismos, que traten de publicar en revistas literarias y en redes sociales, que pongan a circular sus traducciones, nunca se sabe qué puede venir de esa circulación y, además, aportan un ítem para el currículum. Es a la vez un camino de aprendizaje y de reunir antedecentes.

La AATI organizó por primera vez el año pasado, en la feria de traductores independientes, un encuentro en el que traductores podían presentar proyectos a las editoriales. No sé qué resultó de esto, pero me parece una buena oportunidad de que los traductores presentaran sus CV a las editoriales e hicieran lo que se llama scouting, es decir investigar qué libro puede interesarle a determinado editor de acuerdo al perfil de la editorial. Si además el traductor pudo investigar si existe alguna oportunidad de subsidio para esa traducción, puede presentarla junto con el proyecto.

¿Qué les diría a los editores? Que presten atención a esas cosas, que apuesten más a la traducción en la medida de las posibilidades, pero mucho más no puedo decir. Yo he ofrecido proyectos y editoriales me los han ofrecido a mí; no siempre tomé lo que me ofrecieron, unas pocas veces rechacé, por motivos literarios o económicos; y entre los que propuse, muchos no fueron aceptados, por distintos motivos, incluyendo el económico. También hay que aprender a fracasar cada vez mejor, como decía Beckett, la frustración no sirve para nada.

 

¿Qué valor agregado brinda el/la traductor/a a  la industria editorial?

 

En una vida anterior fui contador –me recibí de contador a los 22 años, ganaba mucha más plata pero era mucho más infeliz–, de allí algunas de mis referencias. Una noción de economía sencilla se explica en que hay un porcentaje de libros publicados que son traducciones, según el informe de la CAL en 2017 fue el 6 %, y esos libros no existirían si no fuera porque hay quienes los traducen (dicho sea de paso, nos asustamos de que en Estados Unidos sólo se traduzca un 3 %, pero acá estamos en el 6 %, bastante poco en relación con las posibilidades; en España y en Italia andan por el 20 %, en Alemania seguro bastante más). Entonces, un libro traducido tiene el aporte del autor (fundamental, sin el cual los otros no existirían), el del traductor y el de la editorial. Por decirlo de alguna manera horriblemente simplificada, un tercio del valor del libro traducido se origina en el traductor. Si el 6 % de los libros publicados son traducidos y la traducción aporta un tercio de estos libros, ese mismo cálculo simplificado daría que alrededor de un 2 % de la producción editorial argentina es el aporte de la traducción. Podría ser mucho más, si se tradujera más.

Por otro lado, está el valor agregado intelectual en todo aquello en lo que los traductores participan, como por ejemplo al hacer el trabajo de scouting, al sugerir libros, y en su recorrido intelectual y cultural; no solo en el manejo de las lenguas sino también en la experiencia de vida, de estudio. Cuando se traduce, se está aportando de manera tácita valor agregado para la cultura.

 

Sabemos que uno de los proyectos que siempre ha querido hacer es la traducción del Ulises de Joyce. ¿De qué forma se puede equilibrar un proyecto de largo plazo con la viabilidad de una publicación editorial de este tipo?

 

Si supiera cómo responder esto, ya lo hubiera hecho (risas).  En algún momento hice las cuentas más precisas. Supongamos muy grosso modo que para el trabajo de traducir el Ulises de Joyce –teniendo en cuenta la cantidad de libros de Joyce que he traducido–, necesitaría dos años de dedicación exclusiva. Eso significa un sueldo mensual por dos años, lo que es una fortuna impagable para una editorial, por un libro que va a publicar recién dentro de más dos años, y que no va a vender como pan caliente. No parece comercialmente viable.

Se puede hacer de tres maneras. Una, que el traductor viva de otra cosa y este trabajo lo haga en paralelo, en un tiempo más largo, y después vea si puede ganar algo con esto, que será seguramente bastante menos de lo que realmente vale el trabajo. Yo no lo haría de esta forma porque creo que tira abajo la profesión. Si, por ejemplo, me ganara la grande –como decía mi abuelo–, podría tranquilamente dedicarme a este proyecto, aunque si se hace sin dinero a cambio sería desconocer lo que tiene de trabajo. Es un tema complejo.

Otra posibilidad serían las becas como las del Conicet para alguien que haga carrera académica y pueda acceder a una beca así. La tercera opción son subsidios, pero ese proyecto es tan monumental, y para un libro ya traducido otras veces, que es difícil pensar que una institución vaya a invertir semejante cantidad de dinero en un proyecto así. Tampoco parece muy viable. También una editorial podría pensar en algún tipo de estrategia como la venta anticipada por suscripción. ¿Presentar el proyecto al público y que puedan tener el libro a los dos años?  Parece medio delirante y no muy sustentable económicamente para todas las partes involucradas. Pero este es un caso excepcional, porque es un libro muy voluminoso y muy complejo de traducir.

 

También ha coordinado ediciones, como las obras completas de Shakespeare o la colección de Griegos y Latinos publicadas por Losada. ¿Cómo edita un traductor? ¿Qué necesita saber un campo del otro?

 

Soy un traductor, pero también soy un escritor y un licenciado en Letras con orientación en Lenguas y Culturas Clásicas, es decir que hay una suma de saberes o experiencias. Yo no diría que edité como traductor, sino que edité como todo lo que soy, incluso corrector. He hecho correcciones de pruebas y correcciones de estilo en algunas de las traducciones que eran para esas colecciones. Es difícil decir qué de todo esto entraba en juego. Como traductor siempre he pedido que me mostraran las correcciones de pruebas para supervisarlas. He tenido mucha suerte con eso, por ejemplo en la editorial Losada –para la cual debo haber hecho las tres cuartas partes de las traducciones que hice hasta el momento–  pedí que las correcciones de pruebas las hicieran a lápiz, entonces lo que terminaba haciendo yo era barrer el piso de la cantidad de restos de goma por las correcciones que borraba.

Un problema que veo en esta área es que se tiende a la facilitación, se apuesta demasiado a la legibilidad y poco a la literatura, que es legible pero no de la misma manera que lo es un artículo periodístico o una carta de negocios. Siempre pongo como ejemplo un tratado de cirugía: una imprecisión en un tratado de cirugía puede significar la muerte o invalidez de una persona, una imprecisión en un libro de literatura hasta puede producir algo positivo.

Si un texto es complejo, la traducción debe ser equivalentemente compleja. Hace poco leía una reseña periodística sobre la traducción de un libro –prefiero evitar nombres y títulos– que comparaba una palabra del original y su traducción en castellano por dos traductores distintos. Una de las palabras del original y de la traducción, en esas dos traducciones, era infrecuente y tenía un sinónimo muy frecuente. Entonces, el reseñador ponía la frase cambiando la palabra infrecuente, elegida por el autor y por los dos traductores, por la que él hubiera elegido, que era la palabra común y corriente,  y dice: “¿No queda mejor así? Por supuesto que al autor seguramente le hubiera gustado más de la otra manera”. Es eso de creer que lo importante es “el mensaje”, algo tan viejo y que, sin embargo, no muere nunca. En un texto literario, lo fundamental es la literatura, no el cuentito o el mensaje.

Sin duda una buena corrección te puede salvar de erratas espantosas, sugerir algo que te permita mejorar un detalle, o incluso a veces el solo hecho de que identifique un problema, aunque después uno no tome la corrección concreta sugerida, te ayuda a encontrar una tercera posibilidad que mejora el texto.

Entonces, yo editaba como traductor, como literato, como traductor de literatura. Siempre pongo el énfasis en la calidad literaria del texto, a diferencia de lo que hace a veces un editor que venga del campo editorial exclusivamente.

Cuando empecé a dirigir esas colecciones, yo ya tenía un cierto recorrido de traducción, de escritura y de conocimiento del mundo editorial. Todas estas experiencias se conjugaban en las revisiones.

 

¿Qué tipo de injerencia tiene un/a traductor/a en el diseño de colecciones o catálogos editoriales?

 

Un traductor con experiencia, curiosidad, investigación o atención a lo que ve alrededor, siempre va a aportar su conocimiento de campo: cultura, lengua y obras originales. El editor tiene un conocimiento específico: producción, difusión y venta de libros, y tratar de que eso sea un negocio económicamente sustentable y ojalá que produzca utilidades.

En el caso de la colección de obras completas de Shakespeare, la editorial Losada tenía algunas obras ya traducidas por escritores (Vilariño, Rodríguez Monegal, Neruda, Mujica Lainez) cuando me ofrecieron seguir traduciendo Shakespeare.  Propuse La tempestad, aceptaron, y esa fue la primera traducción mía que se publicó en Argentina, aunque no la primera que había hecho. Tuvo una muy buena recepción de la persona que hizo la corrección de pruebas en la editorial, que además era profesora en el Lenguas Vivas, según me contaron, porque yo no la conocía y ni siquiera recuerdo su nombre. Además, recibió un premio a la mejor traducción dramática de ese año publicada o representada en Buenos Aires.  Por todo esto, me volvieron a llamar para seguir haciendo Shakespeare, y luego de unos años me ofrecieron coordinar las demás traducciones para completar la colección más rápido con otra ayuda. Entonces, invité a Cristina Piña y a Delia Pasini – dos poetas y traductoras de mucha trayectoria– y después a Alejandro Bekes y Lucas Margarit.  Esa fue una de las injerencias, proponer a los traductores que iban a completar el trabajo.

Yo revisaba las traducciones y, además de las erratas que siempre se le escapan a todo el mundo, si encontraba algo que según mi experiencia –a esa altura ya había traducido 15 obras de Shakespeare– no funcionaba del todo bien, les mandaba a las respectivas personas los comentarios o sugerencias y en función de eso corregía. Incluso le he mandado algunas traducciones mías a Alejandro Bekes, porque tenemos mucha afinidad de recorridos y de puntos de vista, y muchas de sus observaciones me ayudaban a mejorar. También antes que él a otra amiga de entonces, María Eugenia Bestani. La mirada ajena, cuando no se propone solo achatar para la supuesta legibilidad, siempre ayuda a mejorar.

 

Sus decisiones como traductor en cuanto a estilo, vocabulario, tipo de español, etcétera, ¿son siempre autónomas o están determinadas por la editorial?

 

Debo decir que han sido siempre bastante autónomas y estoy muy agradecido de que las editoriales hayan confiado en mi punto de vista. De todas maneras, en algunas ocasiones prefiero consultarles si prefieren tal cosa o tal otra. Por ejemplo, en una ocasión traduje una obra teatral que era relativamente actual; pregunté si preferían tuteo o voseo, teniendo en cuenta que en el original se hablaba con cierta naturalidad, y la editorial prefirió el tuteo. Después, un amigo vio un ejemplar de ese libro en una librería de Bilbao, y como vio en la tapa que estaba traducido por mí, me mandó una foto. Después supe que también se vendía en otros países de América Latina. En ese caso, lo que yo hice fue poner una nota de traductor al final, explicando que usé un lenguaje coloquial no demasiado marcado de regionalismos, pero que había un punto en el que eso era inevitable, y si esa misma obra se representaba en Argentina sin duda habría que utilizar el voseo. Todas estas cuestiones son materias a resolver en el caso de una traducción teatral para la edición.

Si la editorial misma no me da este tipo de lineamientos, a veces hago una consulta puntual o asumo que conocen mi trabajo y no necesitan decirme esas cosas. No he tenido mayor inconveniente en eso.

 

¿Qué tipo de devolución le han hecho los editores? Si se hacen cambios, ¿se lo muestran, los discuten?

 

Es raro que un editor haga un gran elogio explícito, porque daría motivos para que uno pidiera más plata. He recibido devoluciones de distintas maneras, incluso indirectamente, pero el solo hecho de  que me ofrezcan trabajo editoriales con las que ya he trabajado anteriormente es una forma de devolución.

A mí además a veces se me sale un poco la cadena con algunas correcciones que me proponen. Cuando tomo una decisión de traducción, fue después de pensarla e investigarla, y después viene alguien y en dos minutos dice ‘’no, esto así no funciona, mejor tal otra cosa’’. Entonces, si estoy en desacuerdo, doy todos los argumentos para sostener lo que hice, y no siempre lo hago de la manera más amable y elegante, pero defiendo mi trabajo cuando me parece que lo hice bien.

 

¿Qué le gustaría decirles a los editores y nunca se atrevió a hacerlo? ¿Qué cosas son complicadas de decir?

 

A lo mejor tendría que haber dicho menos y tendría más trabajo, sobre todo en estas épocas en que está un poco más complicado porque toda la industria está al borde del abismo. Me parece que lo más complicado de decir tiene que ver con las cuestiones gremiales, económicas, las condiciones contractuales. Uno termina aceptando algunas condiciones porque consigue otros beneficios, se trata de negociar necesidades económicas, interés por el trabajo, necesidad laboral, intereses intelectuales, etcétera. Todo esto, sabiendo que existen sensibilidades  y necesidades también de la otra parte, porque nosotros hacemos y participamos de un proceso económico, somos parte de una fábrica. Para hacer un paquete de fideos hace falta que estén todos los que trabajaron para que se produjera el trigo, que después se transformará en harina, las demás materias primas, la receta, el diseño del envase, la distribución, la financiación de la producción y las ventas. Lo mismo en la producción de un libro, todo eso tiene que ser económicamente sustentable. También los traductores  tenemos que ser económicamente sustentables, porque trabajamos para vivir como casi todo el mundo, y al mismo tiempo debemos tener en cuenta que todas las partes de la cadena de producción y venta del libro están en situaciones similares.

 

¿Qué puede decir que aprendió de los editores con los que ha trabajado?

 

Yo creo que uno aprende de todo el mundo, todo el tiempo. Por supuesto, los editores no son ninguna excepción a eso. Ahora, no sabría decir así de pronto qué cosa concreta aprendí de qué editor. Me viene a la memoria algo que me quedó grabado: cuando empecé a dirigir la Colección Griegos y Latinos de la editorial Losada, estaba hablando con José Juan Fernández Reguera –el propietario de la editorial– sobre libros que podríamos incluir, sobre el plan a armar, y él me dijo: “primero hay que poner las locomotoras, después le ponés atrás cualquier vagón y la locomotora lo arrastra”. Eso me pareció una imagen muy interesante y muy ilustrativa. En la práctica quiso decir: “poné primero la Ilíada, la Odisea, el Banquete de Platón, ese tipo de obras que se venden siempre, y después ponés atrás otras menos conocidas, que al instalarse la colección se venderán también”.